La transición venezolana promovida por Mr. Rubio nace viciada desde su origen. No surge de un acuerdo nacional ni de la voluntad popular, sino de una intervención extranjera que pretende revestirse de un lenguaje democrático. En este plan los venezolanos no tenemos ningún rol; solo obedecemos. El país ha sido tratado como territorio administrado y no como nación soberana. Más que una hoja de ruta hacia la democracia, el plan de Rubio sienta un precedente peligroso para la región: la normalización de la intervención como método de control económico. Una transición impuesta desde la Casa Blanca y subordinada a intereses económicos difícilmente puede dar lugar a la construcción —y mucho menos a la consolidación— de nuevos espacios genuinamente democráticos.
Así, la transición auspiciada por la “Casa Blanca” es un proceso abiertamente peligroso que no implica una ruptura del orden autoritario, sino una transición tutelada, diseñada no para liberar al país, sino para garantizar el control económico de sus reservas petrolíferas por parte de las transnacionales.
No hay transición cuando el autoritarismo gobernante conserva todos sus instrumentos de dominación. Primero: los presos políticos siguen presos. Según la organización Foro Penal, en la actualidad existen aproximadamente 777 presos políticos (civiles y militares), de los cuales solo han sido excarcelados (no liberados) desde el 8 de enero aproximadamente 266 personas. Han sido excarcelados con medidas cautelares sujetas a régimen de presentación en tribunales, prohibición de declarar a la prensa, procesos judiciales abiertos, prohibición de salida del país, entre otras. Mientras haya ciudadanos privados de libertad, cualquier narrativa de cambio es una farsa cuidadosamente construida. No hay transición democrática posible con rehenes y secuestrados políticos.
A la par, el aparato represivo sigue intacto. No han sido desmontados los cuerpos de seguridad (SEBIN, DGCIM, PNB, GN), ni las huestes paramilitares, las cuales preservan las mismas cadenas de mando, las mismas prácticas de intimidación, persecución, tortura y muerte. Se invoca la paz mientras el miedo sigue siendo política de Estado. No hay transición cuando el terror sigue organizado.
En este contexto, resulta casi obsceno hablar de transición sin libertad de prensa. El ecosistema informativo venezolano sigue devastado: medios cerrados, concesiones revocadas, periodistas perseguidos y presos, portales bloqueados y una autocensura que no nace de la prudencia, sino del miedo. La información sigue bajo control y la verdad sigue siendo tratada como una amenaza. Una transición auténtica requiere ciudadanos informados, debate público y pluralidad de voces. Sin prensa libre, la transición no es más que propaganda.
Otro pilar del engaño es la fantasía de hablar de “transición” sin reinstitucionalizar el país (TSJ, CNE, AN). No se trata de un tecnicismo ni de un adorno retórico: sin reinstitucionalización, la transición es una puesta en escena. Postergarla para un supuesto “después” equivale a aceptar que la democracia sea mera utilería. Si no es una urgencia del presente, la transición no pasa de ser un simulacro.
Esta es, en esencia, la “transición” venezolana: un montaje calculado para aparentar cambios sin tocar el corazón del poder, mientras se reparten jugosas recompensas económicas. No conduce —ni pretende hacerlo— a una transición democrática creíble; apunta a una apertura económica selectiva, funcional a los intereses de capitales extranjeros ávidos del petróleo venezolano. Pero incluso esa promesa resulta inviable, dada la falta de garantías jurídicas impuestas por el estatismo gobernante. Lo que se presenta como transición se reduce al cambio del lenguaje, pero no al poder. Se promete un futuro abstracto mientras se conserva intacto el control del presente.
Por su parte, el chavismo sin Maduro —derrotado, humillado—, bajo el liderazgo de Delcy Rodríguez y con el beneplácito de la Casa Blanca, se aferra al poder como un acto desesperado de supervivencia. Amparado en el eufemismo de una supuesta “prudencia estratégica”, gana tiempo mientras maquilla el discurso, recicla los cuadros civiles y militares y ajusta el marco legal de la República a la medida de los intereses del Tío Sam (Reforma de la Ley de Hidrocarburos). Su apuesta no es reconstruir el país, sino hacerle juego al calendario político estadounidense: esperan que Mr. Trump pierda el control del Congreso en las elecciones de medio término —amenazado por el descontento ciudadano— y que ello frene la agenda exterior de la Casa Blanca, incluida la presión política y militar sobre Venezuela. No es una estrategia nacional; es un cálculo oportunista que encomienda el destino de Venezuela al desgaste del inquilino de Pennsylvania Avenue de la ciudad de Washington.
Mientras todo esto ocurre, la oposición venezolana permanece atrapada en su propio laberinto, perdida en una deriva estratégica sin salida. Se mantiene dócilmente alineada con la política de la Casa Blanca, a pesar de haber sido explícitamente excluida de los planes de transición de Mr. Trump. Oposición que ha aplaudido obedientemente cada gesto de Washington, incluso cuando ello ha implicado pisotear sus propias banderas de lucha, como el respeto a la voluntad popular expresada el 28/7/2024. Sin el menor rubor, “pasaron la página” para alinearse con la propuesta de Trump de convocar un nuevo proceso electoral, negando así el reconocimiento de unos comicios ya celebrados el 28 de julio. Del mismo modo, han elegido un silencio cómplice y vergonzoso ante los atropellos sistemáticos de la administración Trump contra miles de venezolanos que viven en los Estados Unidos, renunciando deliberadamente a la defensa de sus connacionales para no incomodar al caudillo mediático de Washington.
Venezuela no necesita una transición tutelada por Mr. Rubio, ni administrada por los mismos responsables de su destrucción política, económica y social (Delcy Rodríguez y su combo de operadores). Pensar que quien ha sido uno de los artífices del proyecto hegemónico vaya a autodestruirlo (como afirman los voceros y seguidores de María Corina) es un acto de ingenuidad política sin parangón. Lo que Venezuela demanda es una transición gestada por los actores políticos nacionales, no en Washington, que implique una ruptura clara y sin concesiones con el modelo represivo, hambreador y excluyente que ha cerrado todos los espacios democráticos en el país. Mientras persistan los mismos actores del proyecto hegemónico en Miraflores, cualquier intento de “transición” será una farsa, al margen del beneplácito del gran capital internacional. No solo será una fantasía pasajera, sino una traición imperdonable a la voluntad popular y un agravio a la memoria de millones de venezolanos que han soportado esta pesadilla durante los últimos 27 años.






