La crisis política, económica, social, y humanitaria del país sigue
agudizándose en forma dramática. El régimen del iletrado Maduro decidió huir
hacia adelante anticipando las elecciones presidenciales de 2019. Primero, para
el 22 de abril de 2018; luego, en un intento de darles una mayor apariencia
de legitimidad, volvió a aplazarlas, esta vez para el próximo 20 de mayo. La disidencia
política, agrupada mayoritariamente en torno a la MUD, sorpresivamente y equivocadamente decidió abstenerse, haciéndole así el juego a quienes, desde posiciones más radicales, niegan la opción electoral como salida a la crisis que enfrenta el
país. Han abandonado la lucha electoral sin definir ninguna otra alternativa.
Una
vez más, la disidencia política agrupada en torno a la MUD ha dado muestra de
carecer de una estrategia política para enfrentar a la dictadura facho-Madurista.
Justifican su abstencionismo coyuntural alegando la falta de condiciones para
participar en el proceso eleccionario. Inexplicablemente ignoran que bajo la
dictadura bolivariana todas las elecciones serán viciadas —sin condiciones ideales—, pues el régimen ejerce un control férreo sobre todos los poderes e instituciones, en especial el electoral. No es un secreto para nadie que el régimen ha pervertido los procesos electorales y los ha contaminado, utilizando el CNE y el TSJ como custodios genuflexos de sus
designios. Bien lo decía el escritor y expresidente checo Václav Havel: ¿Tiene sentido apelar a las leyes cuando
estas son solamente una fachada tras la cual se oculta una manipulación
totalizante?.
No participar bajo el
pretexto de que el régimen forajido facho-bolivariano se niega a cambiar las
condiciones adversas (CNE parcializado, ventajismo electoral, coacción y
chantaje a los electores, militarización del país, etc.), equivale a ignorar el
carácter dictatorial del régimen. Es renunciar, en la práctica, a la vía
electoral. Si así lo hubiesen pensado los integrantes de la Concertación chilena,
tal vez Pinochet aún estaría en el poder si no hubiera fallecido. No olvidemos, que en el 2015 derrotamos al régimen en situaciones muy
similares a las de hoy, pero con una participación masiva, un discurso
coherente, una verdadera unidad y una eficiente organización electoral. Frente
a una avalancha de votos no hay CNE, ni Plan República, ni trampa que valga.
Con
esta decisión, los neoabstencionistas de la MUD han replanteado la equivocada
disyuntiva entre votar y abstenerse. Lamentablemente hacen causa común con María
Corina Machado y Antonio Ledezma, voceros de poca
ascendencia popular, pero con importante influencia mediática y lobby
internacional. Eternos proponentes de soluciones fantasiosas y fracasadas
(desde “salidas milagrosas” (2014-2017), pasando por golpes militares y hasta por invasiones de los marines de Mr. Trump). Publicistas de los “salvadores
externos” encarnados por el defenestrado Tillerson y ahora por Mike Pompeo, exdirector de la CIA y nuevo jefe del Departamento de Estado del Tío Sam. Argumentan
que no vale la pena votar, ya que la vía electoral ha sido cancelada; afirman
falazmente que las dictaduras sólo caen con violencia y con la calle; estigmatizan
de “ingenuos o colaboracionistas” a todo aquel que promueve la participación en
procesos electorales. Aseveran que votar en estos comicios presidenciales
supone un acto de legitimación del régimen del ungido Maduro y de su repudiada e
inconstitucional asamblea nacional constituyente. Manipulan emocionalmente a la
ciudadanía con medias verdades. Olvidan estos perdedores de mil batallas que
votar bajo un régimen dictatorial es un acto de rebeldía, de expresión de
libertad, no de sumisión o colaboracionismo. Se trata de movilizar, politizar y
organizar a esos amplios sectores sociales que
han manifestado su disconformidad ante el régimen
milico-madurista. Es una oportunidad para llevar un mensaje de lucha y
esperanza a esa gran mayoría frustrada que padece los embates del autoritarismo
y exclusión del régimen. Se trata de avanzar, de sumar, de seguir luchando, de
resistir hasta derrotar los grilletes impuestos por la peste facho-bolivariana.
Históricamente,
la abstención no ha resuelto nada, recordemos que el llamado a la no participación en las elecciones parlamentarias
de 2005 fue claramente un error. Le permitió al régimen legitimarse
electoralmente y hacerse de un andamiaje jurídico para consolidar su proyecto
antinacional. La abstención es lo que buscan los capitostes del
facho-bolivarianismo, deslegitimar el valor del voto
ciudadano. De allí la importancia de no abandonar el camino electoral como
instrumento de lucha antidictatorial, aún en las condiciones más adversas, como enfrentar una arquitectura electoral ventajista que
inhabilita candidatos, ilegaliza partidos, inhabilitaciones, siembra dudas sobre
el secreto del sufragio, rediseña el mapa electoral, manipula y chantajea al
elector. Los comicios deben encararse como un
ejercicio de resistencia, incluso en circunstancias en las que la
victoria no se visualice en el horizonte inmediato.
Lo contradictorio y paradójico de la coyuntura política actual
es que, a pesar de existir una gran mayoría de venezolanos que
desean cambios y detestan al régimen de Maduro, las diferentes fracciones de la oposición han malbaratado su enorme capital político y han perdido la popularidad conquistada en el 2015, cuando
ganaron la mayoría de la Asamblea Nacional. Lejos de consolidar a esa gran
mayoría, la han confundido, desinformado, dividido, desmotivado, así como sembrado fantasías y falsas salidas. Son las incoherencias de una dirección sin rumbo, sumida y empantanada en sus propios errores, que terminarán por consolidar al proyecto
hegemónico facho-bolivariano.

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