El llamado “aumento del salario mínimo integral” no corrige la pérdida del poder adquisitivo; la profundiza. En un entorno de inflación persistente y dolarización informal, los ajustes nominales resultan irrelevantes frente al costo de vida. Pero el problema es aún más estructural: el régimen ha sustituido el salario por bonificaciones discrecionales, eliminando, en la práctica, conquistas históricas del trabajador como las prestaciones sociales, las vacaciones dignas o la negociación colectiva efectiva. No es un error técnico; es una política deliberada.
La política antiobrera del modelo venezolano se expresa precisamente en esa desalarización progresiva. Al fragmentar el ingreso en bonos no salariales, el Estado reduce sus obligaciones legales y debilita la capacidad organizativa de los trabajadores. A ello se suma la represión de las protestas laborales, la judicialización de dirigentes sindicales y el control férreo de las instituciones encargadas de velar por los derechos laborales. El mensaje es claro: cualquier intento de reivindicación autónoma será neutralizado.
En este contexto, el anuncio de un aumento salarial falaz funciona más como una pieza propagandística que como una medida económica. Se intenta proyectar una imagen de sensibilidad social mientras se perpetúa un sistema que abarata la mano de obra y traslada el costo de la crisis a los sectores más vulnerables. Es una lógica de supervivencia política, no de justicia social.
El resultado es una contradicción evidente: un régimen que se autodefine en favor de los trabajadores ha terminado por erosionar las bases materiales del trabajo digno. El salario mínimo, lejos de ser un instrumento de bienestar, se ha convertido en una referencia irrelevante en la economía real. Y cada nuevo “aumento” no hace sino confirmar esa realidad: no se trata de mejorar las condiciones de vida, sino de administrar su deterioro.

No comments:
Post a Comment