Monday, October 22, 2018

La cultura del terror y la muerte

Contrariamente a la promesa de restaurar el Estado de Derecho -violentado por los gobiernos anteriores- el proyecto chaveco-madurista ha profundizado e institucionalizado la violación de los derechos humanos a través de la cultura del terror, del miedo colectivo, la represión ilimitada y de la muerte.

El ideario chaveco-madurista ha promovido abiertamente la cultura del terror como estrategia para el control social de la población. Las detenciones arbitrarias, la tortura, las ejecuciones extrajudiciales en zonas populares (OLP), y las desapariciones forzosas (José Rivas, Marco Monasterio, Oscar Romero y Roberto Hernández en el Estado Vargas (1999) y Alcedo Mora en el Estado Mérida (2015) forman parte del libreto siniestro puesto en escena por los cancerberos del régimen. Además, ha recurrido al uso de la justicia militar, a operaciones de exterminio como las de La Paragua (2006), Barlovento (2016), Cariaco (2018), y del Junquito (2018) y al asesinato de detenidos políticos como los casos de Rodolfo González Martínez (El aviador) (2015), Nadis Cecilia Orozco (2017), y más recientemente el Concejal Fernando Albán (2018); todas ellas aberraciones propias de regímenes dictatoriales.

La utilización de la cultura de la muerte como instrumento de sumisión busca apabullar al venezolano a fin de ejercer su control político, económico, y social y por ende hacerlo vulnerable, manipulable y esclavo de la tiranía. El haber arrojado al concejal Fernando Albán desde el piso 10 de la sede del SEBIN -a fin de ocultar su repugnante tortura y asesinato en sus calabozos - es una del muestra más del terrorismo de Estado impuesto por el perverso ideario chaveco-madurista. Además, cabe destacar que hubo una serie de irregularidades en el caso del concejal Albán violatorias de las normas constitucionales, por ejemplo, fue secuestrado a su llegada al país, se le desapareció e incomunicó y no fue presentado a los tribunales competentes dentro del lapso establecido por la Ley (48 horas). Tras su asesinato, la autopsia no fue practicada por un anatomopatólogo acreditado, sino por un curandero de los que egresan de la escuela de medicina comunitaria (MIC). No hay que olvidar que el SEBIN bajo la dirección de González López (egresado de la Escuela de las Américas -Instituto del Hemisferio Occidental para la Cooperación de Seguridad) se ha convertido en antro de torturas y muerte. Los “suicidios” de Rodolfo González Martínez y de Fernando Albán recuerdan los “suicidios” de José Gregorio Rodríguez (1962) y Fabricio Ojeda (1966) y la “muerte natural” de Jorge Rodríguez (1976) ocurridos durante los gobiernos de la mal llamada Cuarta República.

Es evidente que con el asalto al poder del facho-chavismo se produjo un retroceso significativo de los espacios democráticos existentes en el país. La imposición de la doctrina de la Seguridad Nacional Bolivariana, sustentada en el concepto del “amigo-enemigo” del jurista Nazi Carl Schmitt ha implicado la identificación, exclusión y eliminación física de todo sujeto considerado “no amigo” de la política oficial. Terror que se ejerce bajo el pretexto “de la estabilidad política y la soberanía nacional”, cuando en realidad persigue destruir todo vestigio de oposición a la política oficial. El régimen elabora construcciones ideológicas maniqueas a fin de legitimar el aplastamiento de quienes difieren de su proyecto político.
La conducta del fiscal usurpador Tarek William Saab ha sido infame al calificar de suicidio la muerte del Concejal Albán basado en el reporte policial proporcionado por los esbirros involucrados en su asesinato. Desde su ilegitima investidura Saab ha actuado más como un rastrero funcionario de Miraflores que como verdadero Fiscal General de la Nación. Es irónico ver al otrora defensor de los derechos humanos convertido hoy en un despreciable esbirro al servicio del régimen, dispuesto a mentir y hasta justificar conductas policiales oprobiosas las cuales cuestionó con gran vehemencia en el pasado.

La degradación de Saab es tal que está presto a sancionar judicialmente a todo aquel que se atreva a desafiar la historia oficial sobre el suicidio de Albán. Con su miserable actitud imita a los juristas nazis quienes legitimaron las prácticas y leyes que vulneraban los derechos individuales alemanes a fin de consolidar el tenebroso proyecto de Hitler. La ignominia de Saab nos retrotrae a la tesis de Roland Freisler (1934) Fiscal del Estado alemán quien instaba a los jueces a abandonar la imparcialidad y apoliticismo y juzgar al acusado en el marco del espíritu nacionalsocialista. Ni hablar del Defensor del Pueblo, Alfredo Ruiz Angulo, fantoche y cobarde funcionario que ha guardado un silencio bochornoso ante las sistemáticas violaciones de los derecho humanos y más recientemente ante el asesinato del Concejal Albán.

No nos debe sorprender que tartufos como Saab, Reverol, Ruiz y Cabello repitan una y otra vez que Albán no fue asesinado, sino que se suicidó (“Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad” Joseph Goebbels, Ministro de Propaganda nazi).

Venezuela es rehén de un lumpanato cada vez más reducido, pero fanatizado dispuesto a cometer la más ruin de las crueldades a fin de mantenerse en el poder. Este es el verdadero rostro del ideario chaveco-madurista, tan autoritario, opresor, y asesino como los fascismos del siglo XX (fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán).





Tuesday, October 9, 2018

Hay que salir de la trampa del abstencionismo


El abstencionismo iracundo se niega a construir una contra-hegemonía electoral para enfrentar al régimen facho-bolivariano a pesar de que la gran mayoría (80%) de los venezolanos reprueban la gestión de Maduro y su logia cívico-militar. La oposición abstencionista pretende que el país haga suya su política suicida de dejar en manos de factores o actores externos la decisión sobre el futuro del país. Es una oposición tan irracional como el funesto régimen del iletrado de Miraflores. 

Los abstencionistas no terminan de entender que la invasión de los “marines” no va a ocurrir, que las sanciones internacionales no van a llevar a la “dimisión” de Maduro, que el golpe de Estado no sucederá y que las huelgas generales no se decretan en el Aula Magna de la UCV. El abstencionismo con sus políticas engañosas y perversas han conllevado a la “desaparición” de la oposición, a la desmovilización y frustración de los venezolanos, así como ha estimulado la desesperanza y el éxodo. Sus acciones simbólicas y excluyentes niegan la posibilidad de construir una nueva contra-hegemonía política frente al social-fascismo bolivariano.

El abandono de la ruta electoral (escenario de grandes logros políticos a pesar del ventajismo de la maquinaria oficialista), y la promoción de fantasiosas “salidas y quiebres” han desdibujado y desarticulado a la oposición como fuerza política. Esto ha mermado su capacidad de movilización, ha reducido su incidencia en el escenario político, y le ha facilitado al régimen la imposición de su agenda de hambre, miseria (paquetazo económico) y represión.

La coyuntura actual del movimiento opositor se caracteriza por un reflujo de masas que se evidencia en la atomización de sus fuerzas, y la poca capacidad para articular una agenda programática propia. La cuestión entonces es ¿Como salir de esta trampa infernal adonde nos ha llevado el abstencionismo? El camino no es fácil, todos lo sabemos, pero es necesario andarlo. Es un sendero que pasa por el retorno a la ruta electoral, el rescate del valor del voto como instrumento de rebelión organizada y no como factor legitimador de la dictadura, y la conformación de una amplia coalición social y política que sea capaz de capitalizar el malestar social y transformarlo en una insurrección electoral.

Materializar esta colosal tarea implica construir una fuerza política propia, alejada de los sectores abstencionistas promotores de fracasados atajos que desincentivan la participación popular y transfieren la solución del conflicto a factores externos. Se hace necesario construir una expresión político-electoral que sirva de polo de atracción y de convergencia de todos aquellos sectores que aspiren a un cambio político por la vía del voto a pesar de las condiciones adversas impuestas por las madamas del CNE.

La premisa de esta nueva plataforma de lucha es edificar una basta convergencia unitaria que permita retornar al camino electoral, construir una mayoría electoral orgánica a fin derrotar al actual bloque social dominante representado por el social fascismo bolivariano. Es igualmente impostergable que este esfuerzo unitario se deslinde y rompa definitivamente con la política suicida de los abstencionistas que solo apuestan a la invasión militar (abierta o encubierta) o al golpe de Estado.

El país se desangra ante una oposición abstencionista trastornada que sigue entrampada en el “todo o nada” y que no brinda salida democrática para superar la crisis. Hay que entender que la abstención es la mejor aliada del régimen, ahora que el facho-chavismo dejo der ser mayoría. Más que seguir esperando el desembarco de los marines, soñar con un nuevo milico mesiánico salvador de la Patria, delirar llamando a un paro Nacional, o alucinar sobre el quiebre definitivo del régimen, hay que prepararse para participar en las municipales del 9D, el referéndum revocatorio en contra de los miembros de la Asamblea Nacional, y el referéndum aprobatorio de la nueva Constitución Nacional de impronta facha.


Hay que desenmascarar a los farsantes vendedores de promesas vacías. No a las aventuras militaristas y salidas engañosas. Hay que retornar a la ruta electoral.


Tuesday, October 2, 2018

Tlatelolco: 50 años de impunidad


Hoy 2 de Octubre se cumple un aniversario más de la masacre de Tlatelolco. Nunca se supo el número preciso de los jóvenes masacrados. Tampoco el enjuiciamiento de los responsables intelectuales y materiales de esa terrible matanza.

La noche lluviosa del infausto miércoles dos de octubre de 1968, la Plaza de las Tres Culturas se cubrió de sangre y la muerte fue sembrada en Tlatelolco por los disparos arteros de militares y policías en contra de pacíficos manifestantes. A unos días de las Olimpiadas en México, el Presidente Gustavo Díaz Ordaz había dado la orden de acabar por la fuerza con el movimiento estudiantil. Esa tarde, batallones de soldados armados, acompañados con tanques y carros blindados, dispararon contra una multitud de estudiantes, trabajadores, profesores y vecinos de la zona que se habían congregado en la Plaza de las Tres Culturas, en la Ciudad de México, para escuchar el discurso de los líderes del Consejo Nacional de Huelga (CNH) órgano directriz del movimiento estudiantil que reclamaba mayores libertades democráticas, así como reformas al sistema educativo mexicano. El resultado: decenas de muertos, cientos de heridos y miles de detenidos.

La masacre comenzó casi finalizado el mitin, cuando elementos pertenecientes al Batallón Olimpia, una unidad militar encargado de la seguridad de las olimpiadas de 1968, atacaran a los oradores del CNH que estaban en un balcón del tercer piso del edificio Chihuahua y abrieran fuego en contra de quienes nos encontrábamos en la Plaza. Esta acción fue secundada por el avance, desde ambos lados de la Plaza, de soldados integrantes del Batallón de Fusileros Paracaidistas, elementos del Estado Mayor Presidencial y unidades blindadas quienes dispararon a mansalva en contra de los participantes, quienes corrimos en busca de protección en medio de la descargas de fusiles y ametralladoras.

Así terminó el gobierno con el movimiento del año 1968: respondiendo con sangre y fuego a las demandas de justicia y mayores libertades democráticas de los estudiantes. Hasta ahora no se sabe exactamente la cifra de las víctimas asesinadas en Tlatelolco: 32 fallecidos según el parte oficial, 325 según una muy objetiva investigación del periódico inglés “Manchester Guardian” y 650 según algunos defensores de los derechos humanos y testigos presenciales. Sin embargo, posteriormente, la estimación se ha establecido en 300 fallecidos, pero además hubo 6.000 detenidos, muchos de los cuales fueron encarcelados, sin juicio, o con procesos amañados y sin garantía alguna de defensa. El gobierno justificó sus actos acusando al movimiento estudiantil de terrorista, de ser parte de una conspiración "comunista" que atentaban en contra de la seguridad de la República; sin embargo la matanza en Tlatelolco marcó un antes y un después en la historia de México.

A pesar de los intentos del Estado para distorsionar los hechos y borrar los recuerdos, a fin de perpetuar el sistema político mexicano asesinando a la juventud, la memoria histórica se impuso y hoy todos saben que el gobierno autoritario del Partido Revolucionario Institucional (PRI), encabezado por Díaz Ordaz, nunca dialogó y en cambio, reprimió y masacró a los estudiantes.

Por más de 50 años el Estado mexicano se ha transformado en cómplice de estos crímenes al no sancionar judicialmente a los responsables. La Masacre de Tlatelolco fue una sangrienta represión en contra de miles de estudiantes que reclamaban mejoras en el sistema educacional y mayores libertades democráticas para el pueblo mexicano. 

La lucha contra la impunidad propia de los gobiernos fascistas y autoritarios, no es una batalla de un día, sino de todos los días. Volver a poner en primer plano a la memoria histórica y a la verdad, es "indispensable para construir una Patria más justa para todos".

Finalmente, mi reconocimiento a Tito Olivio Parra y a René Martínez, venezolanos, participantes de las luchas estudiantiles del 68 y compañeros de prisión durante nuestra reclusión en las celdas del servicio secreto mexicano.



Monday, August 20, 2018

Las venas abiertas de Nicaragua

En medio de la descomposición cada vez mayor del régimen Ortega-Murillo una parte importante de la “tarifada izquierda” internacional se aferra a la patética ilusión de que la crisis en Nicaragua es producto de un complot tramado por el gobierno de la Casa Blanca para desestabilizar a la revolución Sandinista y que los más de 350 jóvenes asesinados (entre ellos 21 niños) a manos de la policía y los grupos paramilitares son inventos de la prensa reaccionaria, de los enemigo de la revolución.

Pertenezco a la generación de los que apoyamos y saludamos con entusiasmo el triunfo de la Revolución Sandinista tras derrotar a la oprobiosa dictadura de la familia Somoza. Sin embargo, hablar de democracia o de socialismo en la Nicaragua de hoy es una verdadera quimera. Por el contrario, el régimen de Murillo-Ortega constituye un proyecto autoritario, populista y neoliberal que se escuda detrás de una manoseada y prostituida retórica izquierdista para justificar las violaciones a los derechos humanos, su política antinacional, así como sus fracasos. Constituyen una verdadera estafa ideológica.

Las protestas protagonizadas por universitarios y trabajadores contra la reforma del Instituto de la Seguridad Social, que imponía recortes drásticos en las pensiones y gravámenes adicionales a los trabajadores fueron respaldas por los campesinos que se oponen a la construcción del canal inter-oceánico. La alianza entre el campo y la ciudad, hasta entonces impensable, surgió y la protesta cívica salió a la calle asentada en marchas pacíficas y tomas de vías en varias ciudades del país. Las gigantescas marchas opositoras fueron dispersadas a punta de fuego y sangre. El régimen se amparó en la perversa Ley de Seguridad Soberana -aprobada en el 2015- para justificar el uso excesivo de la fuerza policial y paramilitar (miembros de la juventud sandinista y delincuentes) para sofocar una protesta social. Ortega y Murillo quedaron al desnudo con su accionar criminal bajo la excusa de salvar a la patria ante una inminente injerencia extranjera.

Recordemos que a partir de su segunda llegada al poder, Ortega (01/2007) se dedicó a profundizar el ideario del capitalismo neoliberal heredado del gobierno del expresidente Arnoldo Alemán. En la Nicaragua de hoy, no hay ninguna revolución en marcha o algo que se le parezca, todo lo contrario, se ha fortalecido, un régimen económico-social de impronta capitalista neoliberal que ha permitido el enriquecimiento de grupos minoritarios al amparo del Estado, la burguesía "rojinegra” y la consolidación del capital transnacional. Los casos más emblemáticos de esta política antinacional han sido la depredación acelerada de las reservas forestales por parte de mafias ligadas al capital transnacional, y la Ley 840 o Ley del Canal mediante la cual el régimen de Ortega cedió parte del territorio nicaragüense a la transnacional HKND (China) para la construcción del canal interoceánico.

Hoy Ortega y Murillo gobiernan en solitario. De los nueve comandantes que formaron la Dirección Nacional del FSLN durante el gobierno revolucionario, cinco de ellos, Humberto Ortega, Víctor Tirado, Henry Ruiz, Jaime Wheelock y Luis Carrión han tomado distancia de sus políticas, igualmente se han marginado importantes figuras emblemáticas del Sandinismo como René Vivas, Torres Jiménez, Mónica Baltodano, Gioconda Belli, Sergio Ramírez, y Ernesto Cardenal. Ortega parece sentirse muy cómodo gobernando sólo en estrecha relación con Rosario -la esotérica- Murillo y su degradante "socialismo compasivo".

El régimen Ortega-Murillo aunque se autocalifica de izquierda (Nicaragua: cristiana, socialista y solidaria) no deja de ser un gobierno ultraconservador, corrupto, autoritario, y dictatorial, con huella fascistoide. La dupla Ortega-Murillo han logrado una total hegemonía política-militar mediante la supresión de la oposición, la monopolización de los medios masivos de comunicación, las reformas constitucionales que garantizan la reelección indefinida, el control absoluto del poder judicial logrado a partir del pacto Alemán-Ortega (1999) y la creación de fuerzas represivas paramilitares.

Incomprensiblemente, la mal llamada izquierda latinoamericana defiende la entrega en nombre de la soberanía, la represión en nombre de la libertad, el autoritarismo en nombre de democracia, y la muerte en nombre de la vida. Nicaragua y Venezuela son muy buenos ejemplos latinoamericanos de esa izquierda reaccionaria, represora y neoliberal a quien el Foro de Sao Paulo le rinde pleitesía.

El régimen Ortega-Murillo ha provocado el peor baño de sangre de la historia de Nicaragua en los años de post guerra. Hoy el pueblo nicaragüense grita por las calles ¡Ortega, Somoza, son la misma cosa!.